Finalizó el VIII Festival Internacional de Vibráfono y Marimba en el auditorio del ICPNA de Miraflores: movimiento y percusión al límite

Por César Zevallos

Cada instrumento tiene un timbre que le aporta un poder diferenciador. En el caso de la percusión, percibimos uno que simula un impacto: tan directo e invasivo que tendemos a disfrutarlo visceralmente. Y es que la percusión tiene esa maravillosa cualidad de parecerse al ritmo de los latidos del corazón, mientras que la cabeza y los pies intentan seguir de manera instintiva esa pulsión vital. Si se trata de vibráfono y marimba, instrumentos de percusión que transmiten cierta amenidad, el goce tiene una dimensión más sutil, pero no menos vibrante.

Así fue el concierto de gala del VIII Festival Internacional de Vibráfono y Marimba iniciado y dirigido desde el 2011 por su director artístico Alonso Acosta. El auditorio del ICPNA de Miraflores fue el escenario de Vibraciones, como también se le conoce al festival, el cual acaba de finalizar el domingo 4 de febrero con la promesa de volver el próximo año. El público, en su mayoría adulto, fue testigo de esta clausura donde se presentaron todos los músicos que participaron desde el jueves 1 de febrero, interpretando temas de su repertorio en una gran variedad de géneros musicales que van desde la música popular peruana hasta la música académica mundial.

VIII Festival Internacional de Vibráfono y Marimba (Foto: ICPNA Cultural)

El espectáculo comienza con Reunión, grupo de jazz rock liderado por Alonso Acosta, quien con una dinámica interpretación del vibráfono, logra elevar la típica potencia del rock hacia una frescura y elegancia dignas de admirar. La guitarra, el clarinete, el bajo y la batería responden con naturalidad a esta armonía. Sólido inicio.

Con los japoneses Akayoshi Yoshioka y Reiko Shiohama, miembros de Marimba Duo Wings, el ambiente se vuelve dulce. Nos llevan de la mano en una aventura tierna e inocente por las más finas y juguetonas melodías de la marimba.

Continúa Kirja, un ensamble de jóvenes músicos de la Universidad Nacional de Música. Algo emocionado, el líder cuenta que adaptarán un popular tango que escuchaba su abuelo: “El choclo”. Una pieza entretenida que incita al recuerdo.

Luego aparece el mexicano Alexander Cruz con su vibráfono acompañado de un cajón peruano para interpretar uno de los temas que mejor evoca los paisajes limeños tradicionales: “La flor de la canela” de nuestra inolvidable cantautora Chabuca Granda.

La puesta en escena de la japonesa Keiko Kotoku continúa con esas melodías que acarician, iniciadas por sus compatriotas Yoshioka y Shiohama. Pero Kotoku le agrega algo: su bella voz, que en conjunto con la marimba nos invita a adoptar cierto ánimo optimista ante lo triste de la melodía. Luego se une Cruz y juntos mantienen un ambiente cautivador.

Llegamos a la cúspide el evento. La celebrada jazzista estadounidense Lolly Allen ingresa con su vibráfono escoltada por una banda de jazz fusión para dar una clase maestra de coordinación y dominio de los instrumentos. Hay una fuerza rebosante, incluso mayor que al inicio, que simula la energía de las festividades nocturnas. Allen tiene una personalidad bastante alegre, se anima a bailar, imprime movimiento en sus melodías, genera vibraciones en el auditorio y aquí es cuando más aplaude el público, ahora más entusiasmado que nunca. Los alegres silbidos no se hacen esperar.

Un poco de calma antes del inicio del fin. Marimvibes, conformado por dos jóvenes percusionistas de la Orquesta Sinfónica Nacional, logran esparcir un aire más meditativo al festival. Hay tanto misterio como una buena dosis de vitalidad.

Al rato, músicos integrantes de la asociación Cajonéate salen al escenario con sus cajones y congas para reafirmar ese poderío sónico del festival. Así, lo peruano empieza a ganar terreno hasta el final, donde todos los músicos que participaron de Vibraciones se apoderan del auditorio e inician Retablo I, su singular homenaje a la costa, sierra y selva del Perú con marinera, huayno y cumbia amazónica. El vibráfono y la marimba dejan entrever su gran capacidad para adaptarse de manera armoniosa a estos ritmos tradicionales de nuestro país, lo cual es insólito y emocionante a la vez porque aquí recién van ganando un espacio entre el público limeño, a diferencia de otras partes del mundo donde gozan de una una saludable popularidad. Merecido homenaje al Perú, el país que acoge anualmente desde hace 7 años este festival de grandes latitudes. Cuando el concierto finaliza, los aplausos son igual de vibrantes.